"sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir"
1 Pedro 1: 15
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Si te consideras un cristiano “promedio” en el libro de Malaquías encontrarás 12 cargos en tu contra. Pero antes de verlos con más detalle pongamos todo en su debido contexto:

El libro de Malaquías fue escrito al pueblo de Dios (Israel) poco antes de que Cristo viniera por primera vez, en él vemos 12 acusaciones hechas a una nación en apostasía (conocían la verdad pero se apartaron de ella) donde cada cual hacía lo que bien les parecía -como en el tiempo de los jueces- y vivían como si no tuviesen ley alguna.

¿Encuentras alguna similitud con las congregaciones de nuestros días? Hoy, la “iglesia” –lo pongo entre comillas porque no creo que todos los que se llaman “cristianos” sean parte de la Iglesia, no hay un pequeño remanente de fieles en la Iglesia, el remanente es la Iglesia- se ha mezclado con el mundo, se han alejado de la verdad y vuelto su oído a las fábulas (2 Timoteo 4: 3-4), a la psicología y filosofía.

Nosotros como “nación santa y pueblo adquirido por Dios” –con esto no pretendo ponernos en lugar de Israel porque Dios aún tratará con ellos tal como lo dice Romanos 11:25-29- podemos identificarnos con lo que sucedía en Israel previo a la llegada de su Mesías, tal como nosotros lo esperamos en su segunda venida.

Si bien las promesas señaladas en el libro de Malaquías corresponden a Israel, su situación apóstata de aquel entonces y las acusaciones que Dios hace a su pueblo, son las mismas que nos agobian en nuestras congregaciones.

Primer Cargo: Menospreciamos la salvación de Dios

Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto. Cuando Edom dijere: Nos hemos empobrecido, pero volveremos a edificar lo arruinado; así ha dicho Jehová de los ejércitos: Ellos edificarán, y yo destruiré; y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre. Y vuestros ojos lo verán, y diréis: Sea Jehová engrandecido más allá de los límites de Israel.

(Malaquías 1:2-5)

¿Te has puesto a pensar lo que le costó a Dios salvarte? Él no podía simplemente declararte justo, de hacerlo así Él estaría yendo en contra de Su naturaleza.

El que justifica al impío, y el que condena al justo,

 Ambos son igualmente abominación a Jehová.

(Proverbios 17:15)

Si te hubiera justificado porque es un Dios “amoroso” (lo pongo entre comillas porque Él no es amoroso, Él es Amor) y no te condenara, estaría negando Su Justicia y Su Santidad. Por ello. Él mismo decidió tomar el castigo que merecíamos y sufrirlo en la cruz. No hablo solamente de sufrimiento físico, aunque el castigo corporal fue inhumano, sino de sufrir toda Su ira, la ira de un Dios Santo y Justo que está airado contra una raza que no cesa de pecar, contra un pueblo que se deleita en ofenderle y del cual cada respiro insulta Su Santidad.

Dios es juez justo,

 Y Dios está airado contra el impío todos los días.

(Salmos 7:11)

 Jehová prueba al justo;

 Pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece.

(Salmos 11:5)

Por esto mismo el castigo de Cristo fue tan intenso porque:

[…] Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.[…]

(Isaías 53:10)

El Señor sufrió en agonía en Getsemaní no por los clavos, látigos y espinas; no por el humano temor a la muerte; sino porque en esa copa que rogó que apartasen de Él se encontraba toda la ira de Dios, y sabía que la bebería de golpe.

Lo justo es que todo crimen sea castigado, y en ese momento, en esas tres horas de agonía, toda la ira del Dios creador de los cielos y la tierra, del Dios tres veces Santo, del Dios Justo; cayó sobre Cristo. Un crimen eterno, contra un Ser Eterno, merece un castigo eterno y Cristo sufrió toda la ira de Dios (ese castigo eterno) en tres horas.

Por ello es que Pablo dice que:

Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

(Romanos 3:21-26)

Ya que Cristo sufrió el castigo por nuestros pecados, Dios nos puede declarar justos sin convertirse a Sí mismo en abominación. Él es el Justo y el que justifica.

¿Y todo esto por qué?

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

(Juan 3:16)

Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

(Romanos 5:8)

Sin embargo, despreciamos Su amor al menospreciar la salvación que tenemos en Cristo Jesús. Resumiendo el glorioso evangelio, en el cual hay poder suficiente para transformar a un pecador en un hijo de Dios, a una serie de preguntas o ideas que no confrontan al pecador con su pecado, ni lo hacen reconocer su condición ante el Señor.

¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron,

(Hebreos 2:3)

 

Segundo Cargo: Menospreciamos a Dios deshonrándolo

El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre?

(Malaquías 1:6)

Dios le reprocha a su pueblo que no lo están honrando ¿qué tipo de honra busca Dios? Para descubrirla tenemos dos pistas principales en este texto: busca que le honremos como a un padre y que le honremos como a un señor. Veamos qué dice la Biblia al respecto:

Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

(Efesios 6:1-3)

¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?

(Lucas 6:46)

El apóstol Pablo dice que honramos a nuestros padres obedeciéndolos, en tanto que Cristo dice que siguiendo Sus instrucciones le podemos llamar Señor. ¿Acaso obedecemos en todo lo que Él nos manda, o vivimos como si no tuviésemos ley alguna?

Uno de los principales problemas que tenemos en nuestros días es que, por no comprender verdaderamente lo que significa la Gracia de Dios, creemos que podemos hacer cuanto nos plazca… después de todo Pablo dijo:

Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica.

(1 Corintios 10:23)

¿Era libertinaje lo que predicaba Pablo? No, con esto nos estaba motivando a hacer cosas que nos edifiquen, cosas que me ayuden a ser cada día más como Cristo y que ayuden a los hermanos a conformarse a Su imagen.

Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.

(Gálatas 5:13)

Hoy día es suficiente que alguien intente decirnos –a la luz de la Biblia- cómo nos debemos conducir, vestir, pensar y hablar; para que de inmediato se levanten llamándolo “legalista”. Lo que olvidamos es que el mismo Cristo dijo que había cosas que debíamos obedecer para ser llamados sus discípulos.

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

(Mateo 28:18-20)

“Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”, que guarden, que obedezcan sus mandamientos.

Si me amáis, guardad mis mandamientos.

(Juan 14:15)

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

(Mateo 7:21-23)

Quiero dejar en claro que las obras no nos salvan, sin embargo son una clara evidencia de nuestra conversión.

Profesamos conocer a Cristo, pero… ¿Él te conoce?

Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

(Juan 15:14)

Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.

(Miqueas 6:8)

 

Tercer Cargo: Torcemos la Palabra de Dios

En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable.

(Malaquías 1:7)

Jesucristo compra el pan con la Palabra de Dios, ¿cuántas veces hemos ofrecido o permitido que ofrezcan pan inmundo desde los púlpitos?

Por vagabundería, pereza o deseo de complacer a los asistentes a la congregación muchos apartan su oído de la verdad, dejando de escudriñar diligentemente la Palabra del Señor, y vuelven su atención a las fábulas, a las historias persuasivas, psicología y filosofía humana, y lo llegan a presentar como si se tratara de la Palabra misma de Dios: “Pan Inmundo”

Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.

(2 Timoteo 4:3-4)

Si no “sufres” la sana doctrina te conviertes en una persona sin doctrina, un “indocto”, una persona que fácilmente es conducida a cualquier filosofía porque no estás firme en la verdad del evangelio.

Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición. Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza.

(2 Pedro 3:15-17)

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error,

(Efesios 4:11-14)

Si no sabes distinguir entre quien te predica la verdad y quien solamente te entretiene estás en un aprieto, aún eres un niño fluctuante que no está preparado para el alimento sólido: eres inmaduro.

 

Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.

(Hebreos 5:12-14)

 

Cuarto Cargo: Nos olvidamos de nuestra intimidad con Él

En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable.

(Malaquías 1:7)

Y vosotros lo habéis profanado cuando decís: Inmunda es la mesa de Jehová, y cuando decís que su alimento es despreciable.

(Malaquías 1:12)

Muy comúnmente asociamos cualquier tipo de reunión social con un banquete o una fiesta, no importa cuán grande sea el festín, por lo general cuando compartimos unos con otros de una forma amigable hay comida de por medio.

Dentro del contexto bíblico no es distinto, ¿recuerdas aquél pasaje que se emplea mal en el evangelismo?

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

(Apocalipsis 3:20)

Este texto no se refiere a la “puerta de nuestro corazón”, por su contexto se entiende que Cristo le dice a la iglesia que lo ha dejado por fuera de la puerta, que si le permiten entrar Él tendrá comunión con ellos. Veamos otros textos que hablan de esta comunión con el Señor.

Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.

(Mateo 6:6)

Esta comunión es nuestra intimidad diaria con el Señor, algunos lo llaman “Tiempo a Solas”, para otros es su “Devocional”. No importa cómo lo llames, si no estás pasando tiempo en comunión con Él: con lectura bíblica y oración, disfrutando de Su presencia, anhelándolo como el sediento desea el agua; estás restándole importancia a “su mesa”.

Soy consciente de que es un ejemplo muy trillado, pero: si el presidente de tu país y el secretario general de las naciones unidas te esperaran para cenar con ellos y compartir contigo sus planes y escuchar todas tus inquietudes, ¿no irías?; ¿Cuánto más debemos esperar con ansias ese momento del día en que podemos compartir con el Creador de los cielos y la tierra?

Dios, Dios mío eres tú;

 De madrugada te buscaré;

 Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela,

 En tierra seca y árida donde no hay aguas,

(Salmos 63:1)

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,

 Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.

(Salmos 42:1)

Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová;

 Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.

(Salmos 84:2)

¿Podemos decir lo mismo que este varón “conforme al corazón de Dios”?

 

Quinto Cargo: Dios no es nuestra prioridad

Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos. Ahora, pues, orad por el favor de Dios, para que tenga piedad de nosotros. Pero ¿cómo podéis agradarle, si hacéis estas cosas? dice Jehová de los ejércitos. ¿Quién también hay de vosotros que cierre las puertas o alumbre mi altar de balde? Yo no tengo complacencia en vosotros, dice Jehová de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda. Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos.

(Malaquías 1:8-11)

Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! y me despreciáis, dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? dice Jehová. Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones.

(Malaquías 1:13-14)

¿De qué manera servimos a Dios? ¿Lo hacemos de corazón o solamente porque es nuestra “obligación”?

Antes de continuar pongamos algo en claro, todo existe por Él y para Él. Dios se tomó la “molestia” de crear todo lo que nos rodea: cosas visibles e invisibles, solamente para Su Gloria. No nos hizo porque “se sentía solo”, siempre ha estado en una perfecta comunión consigo mismo (salvo en la cruz).

El mundo no existe para nosotros, existe para Él. No vivimos para nosotros mismos, vivimos para Su gloria. Todo lo que hagamos es para Su gloria, ya sea que lo obedezcamos o no. Si lo obedecemos será glorificado por nuestras vidas, si lo desobedecemos será glorificado en nuestro juicio y castigo porque Él es un Dios Justo y Santo.

Si vivimos es para Él y si morimos es para Él. Todo lo que tenemos no es nuestro, sino Suyo. No somos más que simples administradores de lo que Dios nos permite poseer.

¿Todo esto para decir qué? Que ¡Él es el único Digno de Honra y Gloria! Nuestros mayores esfuerzos deben estar en hacer lo mejor para Él: no escatimar en tiempo, talentos y tesoros. Nuestro único y verdadero propósito es Glorificarle.

Entonces ¿por qué es tan común escuchar frases como “no importa, de por sí es para la iglesia” o, “Él comprende que estoy muy cansado como para ir al servicio” o, “bueno, no cantamos tan bien... pero el Señor sabe”? Usamos como pretexto que Dios conoce nuestros corazones para justificar cualquier clase de mediocridad en su servicio.

Él es Digno de recibir lo mejor de mi esfuerzo, de mi tiempo, de mis talentos y tesoros. No solo es Digno de recibir lo mejor, sino que también es Digno de recibir las primicias.

Recordemos algunos textos:

Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

(Colosenses 1:16-20)

Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti;

 Porque mío es el mundo y su plenitud. ¿He de comer yo carne de toros,

 O de beber sangre de machos cabríos? Sacrifica a Dios alabanza,

 Y paga tus votos al Altísimo; E invócame en el día de la angustia;

 Te libraré, y tú me honrarás.

(Salmos 50:12-15)

Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos.

(Hageo 2:8)

En el libro de Levítico, Dios exige para sí todo el incienso (en las ofrendas de grano) y toda la grosura (en las ofrendas de paz) porque Él desea para sí toda la Gloria y todo lo mejor de nuestras vidas. Es un Dios Celoso: no quiere compartir, no comparte y no compartirá Su Gloria con nadie.

Dios quiere todo… y ¡lo merece!

Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.

(Deuteronomio 6:5)

Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.

(Mateo 22:36-38)

 

Sexto Cargo: Somos de tropiezo por no seguir Su Palabra

Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis hecho tropezar a muchos en la ley; habéis corrompido el pacto de Leví, dice Jehová de los ejércitos.

(Malaquías 2:8)

Recordemos una hermosa frase del Señor:

Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar.

(Marcos 9:42)

Si por tu falta de carácter has sido de tropiezo a los más pequeños o débiles en la fe que tu ese es el consejo que recibes del Señor, y continúa diciendo:

Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.

(Marcos 9:43-46)

Tu pecado o lo que a los ojos de los más débiles en la fe es pecado no solamente afecta tu vida espiritual, también es de tropiezo a los demás. No es una alternativa desechar de nuestras vidas lo pecaminoso, es una obligación… si es que a santidad has sido llamado, si es que pasaste por la puerta estrecha.

Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro? Y si yo con agradecimiento participo, ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias? Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.

(1 Corintios 10:27-33)

De acuerdo, el texto hace mención directa a la comida, pero no desechemos el principio que está detrás de esta declaración. Si lo que hago puede llegar obstaculizar el crecimiento de los hermanos o la expansión de la obra de Dios, mejor lo desecho. Si mi pie es ocasión de caer, “lo corto”… así de radical es la instrucción que tenemos del Señor.

¿Qué ocurre en nuestros días? Por ignorancia de las Escrituras nos encontramos en la misma situación de Israel en los días de los jueces: “Cada cual hacía lo que bien le parecía” (Jueces 21:25).

Hemos dejado de preguntarnos: “¿Qué opina Dios acerca de…?”, o “¿Qué dice la Biblia sobre…?” y hemos sustituido estas preguntas por: ¿Me parece bueno lo que estoy haciendo?

Este mismo cargo lo hizo Jesucristo contra los escribas y fariseos de la época:

Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios.

(Mateo 22:29)

De ellos, Jesús decía:

Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres.

(Mateo 23:1-5ª)

En realidad, los escribas y fariseos tenían sus “títulos académicos” de la época como Doctores en Teología y Filólogos. Podían desmenuzar un texto bíblico con los ojos cerrados, pero nunca entendieron el alma de las Escrituras. Hoy día la situación no es igual, pero no es muy distinta: el “pueblo de Dios” no conoce qué dice la Biblia y prefiere actuar según su propio parecer.

Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.

(Oseas 4:6)

Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles. Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil, ¿no será estimulada a comer de lo sacrificado a los ídolos? Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió. De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis. Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano.

(1 Corintios 8:9-13)

 

Séptimo Cargo: Hacemos acepción de personas

Por tanto, yo también os he hecho viles y bajos ante todo el pueblo, así como vosotros no habéis guardado mis caminos, y en la ley hacéis acepción de personas. ¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando el pacto de nuestros padres?

(Malaquías 2:9-10)

Antiguamente los levitas, sacerdotes y jueces favorecían a algunos en la aplicación de la Ley: hacían acepción de personas. Hoy día no es muy distinto, preferimos a tal o a cual “hermano” por su posición socioeconómica.

Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación. Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

(Marcos 12:38-44)

No es raro ver en nuestras iglesias que se les cede el púlpito o los cargos a los mayores ofrendantes de la congregación, aun cuando su vida llega incluso a avergonzar a los inconversos. Algunos están ahí porque “compran” su puesto, en tanto que otros están en eminencia solamente porque esa es la manera en que el “pastor” los retiene en su iglesia.

Pero no solamente hacemos acepción de personas de esta manera, hay otras mucho peores. Los israelitas lo hacían en la aplicación de la Ley, nosotros en cambio lo hacemos en la aplicación de la Gracia.

¿Cuántas veces hemos dejado de entregar un tratado porque lo estamos guardando para alguien especial? ¿Cómo es posible que tengamos los mismos veinte tratados por más de un año, cuando tratamos con cientos de personas? En muchas ocasiones escogemos a la persona a la cual le vamos a anunciar el evangelio, solo porque: “no quiero que me rechace”, cuando si nos desprecian a en realidad lo están haciendo con Cristo.

El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.

(Mateo 10:40)

¿Quiénes nos creemos al negarle a cualquiera la oportunidad de escuchar las Buenas Nuevas de Dios? Él no hace acepción de personas, no hay tal cosa como los “predestinados”; Cristo nos atrajo a todos a sí mismo, toda criatura debe escuchar el evangelio. No solamente los que me “caen bien”.

Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.

(Juan 12:32-33)

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.

(Marcos 16:15)

 

Octavo Cargo: Nos hemos mezclado con el mundo

Prevaricó Judá, y en Israel y en Jerusalén se ha cometido abominación; porque Judá ha profanado el santuario de Jehová que él amó, y se casó con hija de dios extraño.

(Malaquías 2:11)

En los tiempos del antiguo testamento existía la prohibición de unirse en matrimonio con otras naciones, fundamentalmente para evitar que sus ritos y cultos se mezclaran con la vida espiritual de Israel.

Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra en la cual entrarás para tomarla, y haya echado de delante de ti a muchas naciones, al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Jehová tu Dios las haya entregado delante de ti, y las hayas derrotado, las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia. Y no emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo. Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos; y el furor de Jehová se encenderá sobre vosotros, y te destruirá pronto.

(Deuteronomio 7:1-4)

En nuestros días sabemos que Pablo nos instruyó acerca de no “unirnos en yugo desigual con los incrédulos” –cosa que muchos de los asistentes regulares de cualquier iglesia quieren ignorar- pero esto no solamente abarca las relaciones afectivas, sino que también debería ser la pauta a seguir en nuestro día a día.

No quiero llegar al punto de decir que “¡si tienes un socio comercial que es inconverso debes dejar de hacer negocios con él!” Recordemos cual es el motivo que está detrás de todo esto: no contaminarnos, no permitir que la influencia de los incrédulos me alejen de Dios.

No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.

(Juan 17:15)

No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.

(1 Corintios 15:33)

Hasta cierto punto hemos logrado guardar esta distancia con la mundanalidad, sin embargo en nuestro afán por alcanzar a nuestra comunidad, intentando ser “relevantes”, hemos cruzado la línea.

Permitimos formas de vestir sensuales en nuestras iglesias. Ritmos y géneros musicales que en lugar de elevar nuestros espíritus y guiarnos a alabar a Dios, hacen que el cuerpo se alegre y se sacuda. Quitamos la verdad de la Palabra de nuestros púlpitos para dar lugar a cuentos y fábulas que entretengan a los oyentes, eso sí, todos ellos tienen su moraleja que nos enseña a ser mejores, a esforzarnos por alcanzar lo que creemos que nos merecemos.

¿Todo para qué? Solo para ser iglesias “amigables” para el pecador, no los queremos incomodar, queremos que nos visiten y permanezcan con nosotros mucho tiempo. Haciendo esto eliminamos el contraste tan marcado que debiera existir entre nosotros y ellos: luz y tinieblas, día y noche, o en el caso de Israel: Dios y los ídolos.

Hemos mal interpretado el texto donde Pablo dice que se adaptó a las costumbres de los lugares que visitaba:

Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos.

(1 Corintios 9:20-22)

Pablo con esto quiso decirnos que antes de predicarles trató de comprender su forma de pensar. Cuando predicaba a los judíos iniciaba por la ley y los profetas (Hechos 28.17-24). Predicando a los gentiles hablaba de la conciencia, de la pecaminosidad humana y del juicio por venir (Hechos 17.18-33). Esto mismo hizo Jesucristo, a los pescadores les explicó el Reino como una red, a los agricultores se los presentó como un campo; en ningún momento cambió ni suavizó el mensaje, simplemente lo introdujo de distintas formas para que lo comprendieran mejor... basta con leer Mateo 13 para darnos cuenta de ello.

Pablo era consciente de que ningún “método” humano era eficaz para presentar el evangelio, sabía que el poder del evangelio –el que produce la cosecha- está en la semilla, no en el sembrador. Nunca cambió su mensaje para ser “relevante” a su cultura.

¿Qué es entonces lo que necesitamos para separarnos del mundo? El temor de Dios, que solamente viene por Su Palabra. Meditar en ella nos transformará de tal manera que no será necesario hacernos llamar “cristianos”, lo dirán de nosotros tal como lo hicieron en el primer siglo (Hechos 11.26).

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

(Romanos 12:2)

Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos. Y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis.

(Éxodo 20:19-20)

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.

(Efesios 4:22-24)

 

Noveno Cargo: Olvidamos el plan de Dios con la familia

Mas diréis: ¿Por qué? Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud.

(Malaquías 2:14-15)

En esta oportunidad la atención de Dios se fija en el matrimonio, ¿por qué le da tanta importancia? “Simplemente” porque Él espera que actuemos de maneras muy particulares en nuestra vida familiar.

Espera que el varón actúe como todo un hombre: asumiendo responsabilidades, dirigiendo su hogar en amor y respecto para con su esposa. Esto podrá sonar muy fácil, pero al verlo a la luz del nuevo testamento nos encontramos con el cuadro de Cristo y la Iglesia.

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.

(Efesios 5:25-27)

Esto quiere decir que Dios espera que amemos a nuestras esposas (hablo en plural no por creer en la poligamia, sino porque me estoy refiriendo a muchos varones casados) de la misma manera en que Cristo amó a la Iglesia -los solteros deberían meditar en esto antes de decir el “Sí, acepto”- ¿Cómo? Entregándose por ella.

En otras palabras, nuestras esposas deben ser el ser humano que más amamos en todo el mundo; aún por encima de nuestros hijos, padres, madres, hermanos, amigos, pastores, etc. Con nadie más “soy” una sola carne, solamente con ella –soy soltero, por eso las comillas-

Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.

(Efesios 5:28-31)

Pero no solamente debemos amarlas, debemos hacerlo de la misma manera que Cristo nos amó: INCONDICIONALMENTE. Les pregunto: ¿todavía pecamos?, ¿Cristo nos ama?. La respuesta a ambas preguntas es “Sí, Cristo nos ama, aun cuando pecamos”, lo hace incondicionalmente. Nuestro deber es amar a nuestras esposas sin importar sus fallas. No son perfectas, pero tampoco nosotros lo somos.

Dios espera que -así como Cristo a la Iglesia- nosotros las ayudemos a santificarse, a conformarse cada día más a la imagen de Cristo. Espera que edifiquemos a nuestra conyugue en la Palabra, que le ayudemos en su crecimiento espiritual. Así que también tenemos la obligación de pastorear nuestras casas.

Ahora bien, ¿qué espera Dios de una mujer? Que se someta a su marido. Esto no quiere decir que el esposo cumpla el papel de “amo” y su esposa el de “esclava”. Él tiene que dirigirla en amor, tratándola como a vaso más frágil y ayudándola en su crecimiento espiritual. Así que no se trata de una subordinación, sino de respeto y apoyo en todas las decisiones que se deban tomar.

Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.

(Efesios 5:22-24)

Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.

(Efesios 5:33)

¿Qué espera el Señor de los hijos? Obediencia y sujeción. Esto quiere decir que a los padres les corresponde educar y disciplinar a sus hijos, instruyéndolos en el camino de Dios.

Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

(Efesios 6:1-3)

La necedad está ligada en el corazón del muchacho;

 Mas la vara de la corrección la alejará de él.

(Proverbios 22:15)

No rehúses corregir al muchacho;

 Porque si lo castigas con vara, no morirá.

(Proverbios 23:13)

Instruye al niño en su camino,

 Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.

(Proverbios 22:6)

Además, independientemente de qué lugar ocupemos en nuestros hogares, Dios espera que suplamos las necesidades de nuestros padres, aunque no vivan con nosotros.

Honra a las viudas que en verdad lo son. Pero si alguna viuda tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia, y a recompensar a sus padres; porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios.

(1 Timoteo 5:3-4)

Manda también estas cosas, para que sean irreprensibles; porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo.

(1 Timoteo 5:7-8)

Todo esto tiene un propósito, y es que nos conformemos cada día más a la imagen de Cristo. Además, recordemos que el “no gobernar bien su casa” descarta a cualquiera para el pastorado o diaconado de cualquier iglesia.

Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo. Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas; que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia. Y éstos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles. Las mujeres asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo. Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus casas. Porque los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús.

(1 Timoteo 3:1-13)

¿Por qué? Porque la realidad de nuestras iglesias no se ve un domingo por la mañana, lo podemos observar en nuestro día a día. ¿Cómo tratamos y cómo nos tratan las personas que tenemos más cerca? Eso puede mostrarnos mucho de la verdadera espiritualidad de cualquiera.

Un último punto acerca de la familia: ¿Quién tiene la responsabilidad de enseñar a los niños la Palabra de Dios: los maestros de escuela dominical o los padres? En toda la Biblia no encontramos una sola mención a cosas similares a las escuelas dominicales o a los grupos de jóvenes (en este último caso más bien Proverbios 13:20 nos advierte de no tener a todos los jóvenes juntos). El único responsable de la formación bíblica de los niños es el padre.

Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.

(Deuteronomio 6:4-7)

 

Décimo Cargo: Llamamos a Dios “injusto”

Habéis hecho cansar a Jehová con vuestras palabras. Y decís: ¿En qué le hemos cansado? En que decís: Cualquiera que hace mal agrada a Jehová, y en los tales se complace; o si no, ¿dónde está el Dios de justicia?

(Malaquías 2:17)

Vuestras palabras contra mí han sido violentas, dice Jehová. Y dijisteis: ¿Qué hemos hablado contra ti? Habéis dicho: Por demás es servir a Dios. ¿Qué aprovecha que guardemos su ley, y que andemos afligidos en presencia de Jehová de los ejércitos? Decimos, pues, ahora: Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no sólo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon.

(Malaquías 3:13-15)

Si en alguna oportunidad te has hecho la pregunta “¿por qué a mí?” has olvidado que Dios tiene un propósito en todo, en otras palabras has dicho que Dios no tiene ningún propósito en esa situación particular de tu vida, le has atribuido “despropósito”.

Tal como el pueblo de Israel de aquel entonces, has llamado injusto a Dios porque no encuentras provecho alguno en lo que te sucede. Como barro nos hemos levantado contra el alfarero y lo hemos cuestionado en muchas oportunidades.

¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces? o tu obra: No tiene manos?

(Isaías 45:9)

Nos atrevemos a cuestionarlo porque nos hemos olvidado de cuál es nuestro lugar, de que somos polvo y de lo que merecemos por nuestros pecados. Actuamos como príncipes cuando en realidad somos Sus siervos… y por cierto: siervos inútiles.

Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo:

¿Quién es ése que oscurece el consejo

 Con palabras sin sabiduría?

Ahora ciñe como varón tus lomos;

 Yo te preguntaré, y tú me contestarás.

¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?

 Házmelo saber, si tienes inteligencia.

(Job 38:1-4)

 

Undécimo Cargo: No reconocemos nuestras faltas

Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mas dijisteis: ¿En qué hemos de volvernos?

(Malaquías 3:7)

Esta acusación no nos es totalmente desconocida, en algún momento de nuestra vida hemos tratado de evadir la responsabilidad de nuestros actos culpando a otros. Lo hizo Adán con Eva y Eva con Satanás… pero el origen de todos nuestros pecados no es externo.

Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.

(Génesis 3:12-13)

Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.

(Marcos 7:21-23)

sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

(Santiago 1:14)

Muy comúnmente culpamos a Satanás o al Mundo por nuestros pecados, culpamos a la situación o a la tentación por habernos hecho caer. Cuando en realidad los que fallamos somos nosotros mismos por no haber sido sobrios y velar para resistir la tentación.

Al culpar a la tentación decimos “Dios me desamparó” porque Él ha prometido proveernos la salida para cada tentación que enfrentemos.

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.

(1 Corintios 10:13)

Al culpar a la situación o a Satanás estamos haciendo lo mismo que Adán cuando fue descubierto en su pecado: Culpamos a Dios. Recuerden que dijo: “la mujer que me diste”, dando a entender que si él (Adán) había quebrantado la ley, había sido porque Dios le dio una mujer que lo empujó a la desobediencia.

Cuando somos tentados es por nuestra culpa y si caemos en la tentación es por nuestra propia voluntad.

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

(Mateo 26:41)

Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

(Santiago 1:13-14)

 

Duodécimo Cargo: Robamos al Señor y a sus siervos

¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.

(Malaquías 3:8-10)

En la Ley de Moisés podemos observar las leyes de los diezmos y de las ofrendas, en ellas se aprecia que de todo lo ofrecido en sacrificio (excepto en el caso del holocausto y algunas ofrendas muy específicas) una porción era para el sostén de los siervos de Dios: los sacerdotes.

Y tomará de ella un puñado de la flor de harina de la ofrenda, y de su aceite, y todo el incienso que está sobre la ofrenda, y lo hará arder sobre el altar por memorial en olor grato a Jehová. Y el sobrante de ella lo comerán Aarón y sus hijos; sin levadura se comerá en lugar santo; en el atrio del tabernáculo de reunión lo comerán. No se cocerá con levadura; la he dado a ellos por su porción de mis ofrendas encendidas; es cosa santísima, como el sacrificio por el pecado, y como el sacrificio por la culpa. Todos los varones de los hijos de Aarón comerán de ella. Estatuto perpetuo será para vuestras generaciones tocante a las ofrendas encendidas para Jehová; toda cosa que tocare en ellas será santificada.

(Levítico 6:15-18)

El que de los hijos de Aarón ofreciere la sangre de los sacrificios de paz, y la grosura, recibirá la espaldilla derecha como porción suya. Porque he tomado de los sacrificios de paz de los hijos de Israel el pecho que se mece y la espaldilla elevada en ofrenda, y lo he dado a Aarón el sacerdote y a sus hijos, como estatuto perpetuo para los hijos de Israel.

(Levítico 7:33-34)

Dentro de estas leyes se señala dónde, cómo y cuándo se deben ofrecer los sacrificios, así como la condición del ofrendante. Según su nivel socioeconómico en el caso de sacrificios podría ofrecer buey, cordero, tórtolas, etc. Si fuese ofrenda de harina la podría ofrecer cocida en horno, sartén u olla.

El problema que vemos en nuestros días radica en que no hemos comprendido el significado de todas estas cosas en las leyes de los diezmos y las ofrendas. La Biblia dice que de las ofrendas el sacerdote deberá vivir, debe ser suficiente para que tanto él como su familia pudieran subsistir; sin embargo tampoco la porción de los sacerdotes puede ser tanta como para vivir como el “magnate” del pueblo. De las ofrendas de harina de los sacerdotes se dice que debían ser cocidas en sartén (el utensilio de cocina de la clase media)

Esta es la ofrenda de Aarón y de sus hijos, que ofrecerán a Jehová el día que fueren ungidos: la décima parte de un efa de flor de harina, ofrenda perpetua, la mitad a la mañana y la mitad a la tarde. En sartén se preparará con aceite; frita la traerás, y los pedazos cocidos de la ofrenda ofrecerás en olor grato a Jehová.

(Levítico 6:20-21)

¿A qué quiero llegar con todo esto? Si de alguien estamos recibiendo edificación y enseñanza, y esto nos lleva a tener una mejor comunión con Dios –este era el ministerio de los sacerdotes de Israel: la Comunión- nuestro deber es proveerle lo necesario para que sustente a su familia; no para proporcionarle un estilo de vida de “rico y famoso”, sino dándole lo necesario para que pueda vivir del evangelio y no descuide el ministerio, ni su rebaño.

¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma de la leche del rebaño? ¿Digo esto sólo como hombre? ¿No dice esto también la ley? Porque en la ley de Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió; porque con esperanza debe arar el que ara, y el que trilla, con esperanza de recibir del fruto. Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material?

(1 Corintios 9:7-11)

Encontré asimismo que las porciones para los levitas no les habían sido dadas, y que los levitas y cantores que hacían el servicio habían huido cada uno a su heredad. Entonces reprendí a los oficiales, y dije: ¿Por qué está la casa de Dios abandonada? Y los reuní y los puse en sus puestos. Y todo Judá trajo el diezmo del grano, del vino y del aceite, a los almacenes.

(Nehemías 13:10-12)

Si no estás ofrendando en la iglesia o en el ministerio que te alimenta, si no estás proveyendo para las necesidades de tus ministros, si estás siendo negligente en la distribución y administración de tus finanzas –descuidando a tu pastor, maestro o el predicador que contribuya en tu crecimiento espiritual- Dios lo considera como un robo. No solamente le robas a Él, le robas a quien vela por tu alma, le robas a quién deberá rendir cuentas a Dios por ti.

Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe.

(Hebreos 13:7)

Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.

(Hebreos 13:17)


Algunas personas ponen en duda que en los postreros días habrá apostasía –pese a lo que dice Pablo en 1 Timoteo 3 y 2 Timoteo 4, además de Cristo en Apocalipsis 3- si has visto retratada en estas 12 acusaciones a la “iglesia” actual o al “cristiano moderno” no te cabrá duda que hay cosas que debemos corregir.

El Señor viene pronto.

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